Las arrugas en mi hija yo no las quiero

como ser conscientes

Ya tengo 33 años y lentamente van apareciendo los "signos de la edad". 

Hace un año llegaron las primeras canas. Una tímida cana se asomaba entre la mata de pelo que tengo. Pero después ya no era tan tímida. ¡Aparecieron más!, y además más visibles, no entre medio, sino bien encima de mi cabeza.

"La maternidad", pensé. Eso que dicen ¡"me vas a sacar canas verdes"! de repente empezaba a tener sentido en mi cabeza. Y no porque mi hija me haga muchos problemas, es una niña. Sino que, hay que ser sinceras, la maternidad no es un camino de rosas, ni de espinas; es un camino difícil y largo, donde mientras que caminas siempre hay luz al final. ¡Pero cansador si que es!

Aunque lo más seguro que sean heredadas de mi familia paterna y no por mi hija. Pero de donde vengan ¡ahí están!

El tema canas ha ido de odio a amor, de amor a odio. ¡A veces, cómo me gustarían que pasaran por cabellos rubios, dorados al sol! Pero imposible teniendo el pelo oscuro que tengo, jijijiji

Pero ahora lo tengo más superado, el problema es que verse canas por separado no es lo mismo a tener todo el pelo blanco, ¡lo quiero todo blanco ya!, deseando que me salgan más y parecer cada vez más "madura".  La verdad es que tengo ganas de verme en un futuro como una mujer que se encuentra viviendo su estado de mujer: madura, sabia, vieja, bruja....

De hecho me he prometido y le he hecho prometer a mi marido, que "cuando sea vieja no me voy a cortar el pelo a "lo hombre", no me lo voy a teñir de "negro o de rubio cobrizo", ni tampoco me pondré faldas hasta bajo las rodillas". Seguiré con mi pelo largo, blanco y con jeans. Aunque acepto faltas más lijeras y que vuelen al viento. 

Cómo me gustaría verme cuando sea mayor
Así quiero verme...¡acepto este tipo de faldas!

Los siguientes y los lógicos signos ¿o fueron antes?, las ojeras. Pero esas no me dolían tanto; desde la adolescencia ya iban y venían cada vez que salía de fiesta, cuando era una "chiquilla" y no importaba nada, cuando el cuerpo resistía perfectamente salir los Viernes y Sábados seguidos por la noche.

¿Y las patas de gallo? Ayy, esos pequeños signos de la felicidad: "Me tendré que reír menos, o con los ojos más abiertos, oooooo". Ahora me echo "cremita" todas las noches para suavizar. Yo juro que al siguiente día "mi piel está más tersa". Y mi marido en su línea más científica me dice: "claro, si en el fondo es grasa que está tapando los cursos". Uyyyy ¡un poco de ilusión por favor! (pero te amo mucho!!!!)

Y no muy lejos de las patas de gallo, encontré una arruga más que me sorprendió. Justo en medio de la frente, las arrugas del ceño, esas me parecían conocidas: Eran las de mi madre.

Descubrí que hasta las arrugas se heredan.

Quizás para que me entendieras un poco mejor, tendría que hablar más de mi madre. Pero la verdad no es algo que me apetece mucho. Sólo decir que, como cualquier padre/madre, tenía o tiene sus cosas buenas y malas. Y de las malas, es lo que he procurado desde siempre evitar o cambiar, incluso antes de ser mamá.

Así que cuando empezaron a aparecer esas líneas entre mis cejas, comprendí que a pesar de mis esfuerzos hay algo llamado genes que no podemos olvidar. Esa fue mi primera conclusión, que casi estaban ahí como quien hereda un lunar.

Las arrugas en mi hija, yo no las quiero


¿Habéis leído artículos o post de "No gritar a lo niños"? o del tipo "Cuando dejé de gritarles". Pues yo tengo el propio: "Cuando dejé de arrugar la frente".

Recuerdo que en casa, cuando éramos pequeñas, si rompíamos algo, siempre sin ninguna mala intención porque la verdad es que éramos muy buenas tirando pa' pavas, nos entraba un miedo porque le teníamos mucho miedo a mi mamá, a sus gritos, a sus manos cuando nos cogían con fuerza.

De eso puedo estar orgullosa como madre, porque se que Alba no me tiene miedo. Si bota algo, si rompe algo, siempre va y me cuenta lo que ha pasado. Sabe que estoy ahí y que lo solucionamos juntas.

Pero un día discutiendo un tema con mi hija, ella refutaba mi opinión. Era una cuestión que no llegábamos a acuerdo, y mientras ella mi discutía, me di cuenta que fruncía el ceño al hablar. Y me dirás "pero si todos fruncimos el ceño", y es cierto. Pero no todos lo fruncimos de la misma manera ni en el mismo momento.

No podía dejar de pensar mientras me hablaba, cuánta influencia hay de mi en ella, cuánta influencia hay de mi madre en mi, cuanta influencia hay de mi abuela en mi madre: Cuánta influencia hay de mi madre a mi hija.

Me di cuenta que mis arrugas no eran heredadas, no aparecieron por arte de magia cuando cumplí los 33, o cuando tuve mi primera hija, o cuando me casé.

Aparecieron luego de fruncir tanto el ceño.

Aparecieron de haber aprendido a cómo mostrar el enfado, a cómo estar cabreada, aparecieron de imitación hacia mi madre. 

Aparecieron de las miles de gesticulaciones "aprendidas", y que no me gustaban, pero que ahora repito sin darme cuenta. Y ahora se las estaba transmitiendo a mi hija.

Creo fielmente que se puede, se puede cambiar y se puede transmitir. Pero eso es trabajo de uno mismo como crecimiento personal, por los hijos. Como leí a Jodorowsky: nuestros hijos son nuestros grandes maestros.


Cómo dejé de arrugar la frente

¡Cuando lo haga 100% te lo comentaré! pero estoy trabajando en ello.

Me he planteado un "plan". No es fácil, porque lo aprendido, aprendido está. Ahora debo modificarlo.

Me di cuenta que la base es estar muy CONSCIENTE de todo lo que hacemos en todo momento. Si levanto un brazo, quiero estar consciente que levanto un brazo; si camino, quiero estar consciente que camino, cómo se mueven mis piernas, cómo se balancean mis brazos, cómo es mi postura al caminar.

Y lo mismo al hablar, lo mismo al hablar con mi hija, lo mismo con mi expresión.

fotografia
La Fotógrafa y Doula Noemí Genaro y tres generaciones de mujeres

Con este simple y maravilloso trabajo, me di cuenta de cuan rápido vamos, pensando que "hacemos más tiempo" para hacer más cosas, y que realmente lo único que hacemos es ir más torpes y sin ningún cuidado.

Que cuán arrugada estaba mi cara, sobretodo en los labios y sin estar enojada ni nada, y que realmente no estaba reflejando mi estado de ánimo. De cuán tenso estaba mi cuerpo por no tomarle atención, por no tener consciencia de los movimientos.

Lo más difícil es recordármelo, ese es el trabajo, la constancia. Incluso ahora mismo, escribiendo, tomé consciencia de mi cara, y ahí estaba con el ceño fruncido y con los labios apretados.

Y relajamos, empezamos de nuevo. Hay que enseñarle a nuestro cuerpo cómo estar.

Los beneficios son muchos, pero finalmente irán en total repercusión a mi hija, a mi nieta y a mi bisnieta.

Porque si ella ve y sabemos que aprende mejor por imitación, que hablamos con nuestro rostro relajado, que se abren nuestros ojos cuando estamos sorprendidos, alegres, que si nos enfadamos lo expresamos con nuestro corazón, con las palabras y el entendimiento y no con la cara arrugada o con el tono terriblemente elevado, sé que finalmente ella hará lo mismo.

Sabrá comunicarse mejor, sabrá escuchar a su corazón y sabrá entonces dónde está en ese momento, en el mundo.

Ahora abrazo esos gestos porque me recuerdan quien soy, cómo soy: Me hacen crecer.


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